Portfolio

Caminaba detrás de aquel tipo delgaducho y enclenque a cierta distancia tratando de disimular, aunque su apariencia le hacía difícil pasar desapercibido. Era alto como una montaña y corpulento como un jugador profesional de fútbol americano. Llevaba el pelo completamente rapado y poseía una mirada capaz de hacer retroceder a un oso grizzli. Aún así, el hombre de mediana edad al que seguía caminaba despistado avanzando por la calle Alcalá sin tener en cuenta todo lo que sucedía a su alrededor.

El-Ladrón-de-Genes

Entró en el edificio y subió la escalera. Tenía una cita concertada con un agente de seguros que llevaba todos los temas de la empresa para la que trabajaba. Desapareció tras la puerta de un despacho mientras Igor, su perseguidor, esperó sentado tranquilamente como si nada de aquello tuviera que ver con él.

Su trabajo era único en el mundo. Con el auge a principios de siglo de la investigación genética y la lectura de los códigos de ADN, una importante multinacional tuvo una grandísima a la par que ilegal e inmoral idea. Su empresa se dedicaba a robar el ADN a grandes científicos y sabios para después crear en el laboratorio su propia réplica a la que educar a su manera desde la infancia. Gracias a esta práctica habían llegado a tener a los grandes cerebros de la primera mitad del siglo XXI a su servicio. El lado malo era que aparte de robarles el ADN para su clonación, debía eliminar cualquier rastro de su trabajo, lo que suponía normalmente eliminar al científico de una forma poco ortodoxa.